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Actualidad sobre Educación

    Monse or a ez reza 696x814Fuente: Arquidiocesis de Córdoba - Ver artículo original

    Compartimos la Homilía de la Misa Radial, celebrada hoy domingo 22 de Marzo y transmitida por Cadena 3 Argentina.

    Queridos hermanos:

    Estamos transitando el tiempo cuaresmal que nos encamina a la celebración del misterio pascual de Jesús, su muerte y su resurrección. De pronto, las circunstancias que vivimos nos ponen más de lleno en el desierto: la cuarentena, el aislamiento preventivo decretado por las autoridades para todo el país.

    El desierto es lugar de soledad, de austeridad, de esencialidad, es decir, lugar en donde redescubrimos algunas cosas realmente importantes. Y, sobre todo, es lugar privilegiado para el encuentro con Dios. En este sentido podemos decir que esta cuarentena nos ofrece una oportunidad del todo singular.

    El encuentro en el desierto, para un católico, para un cristiano, es una invitación a una renovación de nuestro bautismo. Una invitación a redescubrir la gracia que sin mérito nuestro se nos regaló: “antes, ustedes eran tinieblas -dice san Pablo- pero ahora son luz en el Señor”. Y una invitación para renovar nuestro compromiso: “vivan como hijos de la luz”, como continúa el apóstol.

    En el evangelio del domingo pasado, el de la samaritana, el Señor Jesús toma la iniciativa de dirigir la palabra a esa mujer y establecer con ella un diálogo que es, a su vez, la ocasión para un encuentro en el que Él se da a conocer: es el Mesías, el Salvador. Es también la ocasión para inaugurar una misión, la de esta mujer que deja su cántaro y se va a anunciar lo que ha descubierto a sus paisanos y ser, de esa manera, instrumentos para otros encuentros con el que puede dar un agua que quita la sed, que da vida, una vida que “salta” hasta la vida que no acaba, la vida eterna.

    Hoy, los cristianos, católicos y evangélicos, meditamos y oramos por el cuidado de la vida. De toda vida. No hay ciudadanos de primera, de segunda o de tercera. Todos somos depositarios de idéntica dignidad. Por eso hoy, todos debemos observar todas las normas dispuestas por las autoridades públicas para el resguardo de la vida de todos nuestros conciudadanos. Es un compromiso que no podemos desconocer de ninguna manera. Y queremos asumir de veras el compromiso de cuidar toda la vida, es decir, desde su concepción, resguardando al niño por nacer, y hasta su fin natural cuidando a los adultos mayores y a toda persona vulnerable. Ninguna persona es descartable.

    En el evangelio de este domingo, el Señor Jesús vuelve a tomar la iniciativa. Es Él que ve al ciego y se le acerca, le coloca el barro en los ojos y lo manda a lavar obrando de esa manera su curación.

    El ciego, a su vez, se deja curar, sigue las indicaciones del Señor y a partir de allí da testimonio acerca de su curación y de quien lo curó y en las distintas etapas de ese testimonio no se vuelve atrás, aún a costa de ser expulsado de la sinagoga.

    Es de notar la profundidad, la sutileza y aún la ironía de los diálogos en el desarrollo de la escena desde la curación del ciego hasta su expulsión de la sinagoga. Concretada ésta, se produce el reencuentro de este hombre con Jesús e interpelado por el Señor, el ciego manifiesta su adhesión al Hijo del Hombre, al Mesías, al Salvador, con su palabra, y con un gesto impresionante. Entonces él -el ciego- exclamó: “creo Señor”, y se postró ante Él.

    Las palabras finales de Jesús son una síntesis del desarrollo y del resultado de su misión: recuperación de la vista de los que padecen cegueras y se dejan curar y agudización de la ceguera en los que se cierran antes la luz que está delante de ellos.

    Nosotros, en nuestro camino cuaresmal y en el proceso hacia la renovación de nuestro propio bautismo tenemos que seguir los pasos del ciego de nacimiento, no hacer gala de nuestros conocimientos o habilidades, como hacen los escribas y fariseos que quedan fijados en una ceguera insensata y pertinaz.

    Siguiendo esos pasos, podremos recuperar la vista, la del corazón, que de eso se trata en definitiva, y ver lo verdadero, lo justo, lo bueno, lo que agrada al Señor y obrar en consecuencia, como nos decía el apóstol Pablo: “vivan como hijos de la luz”.

    Ante la pandemia que aflige al mundo y que nos aflige a nosotros en medio de este aislamiento preventivo, ¿qué deberíamos hacer?

    En primer lugar y, ante todo, rezar. En estos días, y a través de las redes, hemos podido escuchar, leer y ver al Papa Francisco invitándonos a la oración y dándonos ejemplo acerca de ello. Días pasados fue a rezar ante el “Cristo de la gran peste” en la Iglesia de san Marcelo y ante la imagen de la Santísima Virgen, “Salus Populi Romani”, salud del pueblo romano, en la basílica de Santa María la Mayor de la ciudad de Roma. El Santo Padre ha pedido ante estas imágenes veneradas por el cese de la pandemia. Estamos invitados a asociarnos a la súplica del Papa y a recordar especialmente a todos nuestros hermanos enfermos.

    Junto a la oración debemos cuidarnos a nosotros mismos y a todos nuestros conciudadanos, observando las disposiciones de nuestras autoridades, evitando las aglomeraciones y la circulación que pueden favorecer la difusión del virus, evitando salir, no sólo por cumplir una norma, sino sobre todo, eligiendo no salir para cuidar y para cuidarnos. Y, por supuesto, observando todas las recomendaciones respecto de la higiene personal y la salubridad de los espacios que habitamos.

    También debemos alentar el ánimo y la esperanza. Cuidarnos, sí, pero no dejarnos ganar por el pánico o la desesperanza. El salmo que hemos meditado en esta celebración nos motiva fuertemente: “aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza”.

    El ejemplo del Santo Cura Brochero nos anima. Su generosidad y entrega en su ministerio en medio de la epidemia del cólera en la ciudad de Córdoba, su cercanía constante ante los más frágiles en la ciudad y en Traslasierra nos desafían. Brochero confió siempre en el Señor Jesús y en su Madre Santísima, la Purísima, la que es Auxilio de los cristianos. Sigamos sus huellas entonces.

    ¿Qué sucederá cuando la pandemia haya pasado? No lo sabemos exactamente, tampoco podemos hacer “futurología”. Me permito, sin embargo, compartir con ustedes algunas reflexiones que me vinieron al corazón el pasado jueves, 19 de marzo, fiesta de San José.

    Ante todo, lo más importante: la pandemia y sus consecuencias nos apremian para preguntarnos acerca del sentido de la vida, de nuestra vida. ¿La vida es sólo aquí? ¿No habrá algo más..? Los obispos vascos planteaban en una oportunidad esta cuestión: la vida, ¿es sólo trabajar, producir, gastar divirtiéndose? ¿No hay nada más..? San José con su actitud creyente y confiada nos invita a miran más allá…

    Además, durante la pandemia y luego de ella tenemos y tendremos una oportunidad para crecer en el cuidado mutuo. Pensemos en San José cuidando a María embarazada camino a Belén. ¡Cuánta delicadeza! Y en el pesebre, la alegría del nacimiento, pero también el cuidado en la sencillez y la estrechez del lugar. En la huida a Egipto, nuevamente la estrechez y la angustia, pero también el cuidado de José por el Niño y por su Esposa, María Santísima. Finalmente, el regreso a Nazareth, el silencio, el trabajo, la sencillez, el cuidado mutuo, el cariño y la vida digna en el hogar de la sagrada familia. Son escenas y ejemplos inspiradores para el después…

    Por fin, es indudable que esta pandemia incidirá fuertemente sobre la economía global y sobre la de nuestro país. En repetidas oportunidades algunos pastores más lúcidos, entre ellos el Santo Padre, han dicho que este sistema económico que prevalece en el mundo no da más. Pero no son sólo los pastores, también economistas sensatos, lúcidos y conocedores del tema, señalan que en el mundo son cada vez menos los que tienen más y son cada vez más los que tienen menos. ¿Después de la pandemia, surgirá algo nuevo? Esperamos que sí, y que no sea el sólo provecho lo que predomine, sino que haya una distribución más equitativa de los bienes, de los recursos. Que la figura de San José, que con su trabajo digno sostiene a su familia sea como un emblema para el sistema económico y para la sociedad toda.

    Los cristianos tenemos una respuesta a las preguntas que insinuábamos. Una respuesta que es al mismo tiempo una propuesta: la vida es un don precioso de Dios, que es el autor de todo, y que sobre todo es Padre. El regalo de la vida comienza aquí, pero está destinada a una meta, más aún a un encuentro que no acaba, a una plenitud que no termina. Y esa vida es un don que se nos regala para compartirlo, aquí y más allá. Nadie alcanza la plenitud solo, sino juntos. El año pasado, nuestro lema pastoral nos señalaba: “El Espíritu Santo nos anima, caminamos juntos”.

    Los discípulos de Jesús estamos invitados a testimoniar la veracidad y la credibilidad de esa respuesta y a proponerla respetuosamente, sin pretender imponerla, sin ánimo de rechazar ni mucho menos de condenar a quien le cueste aceptarla o directamente no la acepte.

    Tenemos también que hacer una autocrítica serena y sincera. A veces nuestros procederes y nuestro lenguaje han sido un tanto autoritarios e impositivos. A partir de estas circunstancias, tenemos la oportunidad de ser más bien como un “hospital de campaña” que recoge y atiende a los heridos, también a nosotros, y de testimoniar y anunciar a todos que la misericordia del Señor es eterna y no tiene límites.

    Finalmente queremos expresar nuestro agradecimiento a los médicos y a todos los agentes sanitarios que están jugando su vida en la atención y cuidado de los enfermos; a los miembros de las fuerzas de seguridad y de las fuerzas armadas que ayudan a observar el aislamiento preventivo; y a todos los que cumplen tareas y servicios irreemplazables en favor de la comunidad.

    De un modo especial, como pastor de esta Arquidiócesis, quiero expresar mi agradecimiento a todos los sacerdotes y a todos los pastores de otras denominaciones cristianas, como así también a todos los líderes de otras tradiciones religiosas que acompañan, consuelan y sirven a sus hermanos en medio de esta difícil situación. ¡Que el Dios Nuestro Señor los bendiga y les retribuya con generosidad su dedicación y su entrega!

    + Carlos José Ñáñez

    Arzobispo de Córdoba