clases 1550451443Fuente: La Voz del Interior, Lunes 18 de febrero de 2019 - Ver artículo original

Necesitamos una escuela que conduzca al autoconocimiento, la autovaloración, la realización personal.

Marzo es un mes que convoca a pensar en educación. Y ya llega.

Llega para hacernos pensar por qué fracasamos tanto en educación, por ejemplo.

Para empezar, podríamos afirmar que, como en toda actividad humana, fijar para qué se hace lo que se hace, qué se busca, adónde se quiere llegar, qué se hará para lograrlo y luego en qué se aplicará lo obtenido, es esencial en educación.

Después de una larga carrera docente, considero que la escuela viene andando sin lograr claridad en sus fines, es decir en su razón de ser, y que esa falta de lineamientos concretos provoca su falta de entusiasmo, su poca fe en sí misma, sin cuyo adecuado encendido, por cierto, no puede iluminar su propio camino.

En primer lugar, los fines de la escuela no pueden estar separados del sujeto al que está destinada, el alumno, hoy subsumido en un país que viene marchando a la deriva, razón por la cual no logra consolidarse como la gran nación que podría ser.

Un país que no suma voluntades unidas en una red tras un fin claro no genera un ciudadano que lo ame, un hombre que cultive los más altos valores, que se supere o busque hacerlo.

Podemos afirmar que, en un país que marcha sin saber adónde va, los argentinos hemos ido tratando de mejorar una escuela hecha a los manotazos, lo que quiere decir un producto de la improvisación, fenómeno que no advertimos, tal vez porque siempre seguimos directivas que obedecimos y que nunca se prolongaron en el tiempo. Insustentables.

Los fines educativos, entre tantos vaivenes, aparecieron confusamente sentidos y mal delineados, siguiendo siempre los irregulares movimientos de gobiernos que no supieron, hasta aquí, crear políticas de Estado, o sea, un sólido perfil que nos identifique y que sea respetado a pesar de los cambios políticos.

Ese continuo zarandeo institucional incidió, por cierto, en la falta de claridad sobre el ser humano que se debía formar, ideal que hubiera nacido de serios estudios de nuestra idiosincrasia particular, de las características que nos apuntalan o no en el camino de nuestra necesaria superación.

Tampoco se dio una auténtica participación de los involucrados, discutidos por los más y aceptados y respetados por los gobiernos sucesivos. Todo lo contrario: siempre se produjeron cambios pendulares de programación, siempre se desbarató lo hecho antes.

Recordamos nuestro entusiasmo docente, el aporte de ideas en congresos o en las asambleas escolares, donde se volcaron y se vuelcan hoy experiencias; se presentaron, y se sigue haciendo, trabajos logrados en arduas horas de discusión de proyectos; se llenaron libros de actas con jugosas sugerencias que se elevaron a las autoridades sin que sepamos adónde fueron a parar, en qué archivo se encuentran y qué cambios reales se produjeron.

Ahora, el problema es sacar el carro en el que vamos todos, la Argentina, de su propio pantano, advertir que venimos transmitiendo de generación en generación un producto cocinado con apuro y sin cimientos analizados, abonados ni preparados para el más alto fructificar y permanecer en el tiempo.

Vivimos en un país dirigido por gobiernos inconclusos, desbaratados por políticos de rango menor que llegaron a puestos de decisión más por su atrevimiento, audacia y poder de confrontación que por idoneidad y conocimientos.

De esa manera, se fue desplazando de los lugares de decisión a los más capaces, a los estudiosos, a los que desarrollaron su inteligencia, entendida como una mirada más abarcativa de la realidad.

Sin razones que den sentido a la vida de cada argentino, siempre dependiente del gol ajeno, no esperamos del país que determine los fines hacia dónde nos dirigimos.

Es la escuela, entonces, la que debe trabajar sobre la razón de ser de ella misma, con la seguridad de que, si aclara sus propios motivos, su sentido, ayudará a iluminar los de la familia y los del país. Es la escuela donde cada individuo debe fortalecerse a sí mismo, recuperar su sana autoestima, la conciencia de su valor, de cuánto puede y debe sumar al bienestar de todos.

Necesitamos una escuela que conduzca al autoconocimiento, la autovaloración, la realización personal. Una escuela que sume personas que respeten su propia humanidad, entusiastas por superarse, bien predispuestas, que juntas empujen para adelante y para arriba.

Necesitamos que la escuela encienda su faro, es decir, sus luces, para iluminar sus fines, a partir de lo cual, esperamos, se puede dar el resultado de un país fortificado y con visión más clara de su destino.

* Escritora, educadora