griselda cardozoDra. Griselda Cardozo
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Extraña y fascinante época que aún no resuelve su enigma. El adolescente las adolescencias convocan nuestro interés. Distintos autores coinciden en definir a la adolescencia como ese período en el cual, culminadas ya las tareas de la infancia, se inaugura un intervalo hacia la adultez, caracterizado por la metamorfosis del cuerpo, por una reformulación de la constitución psíquica y una apertura al mundo social. De este modo, la adolescencia es caracterizada como un hecho complejo. Ninguna definición puede por sí sola dar cuenta de esta complejidad. La adolescencia es algo tan plural como singular (Fize, 2007). Ha transcurrido más de medio siglo desde que la adolescencia como etapa enarbolara su propio estatuto y, en la actualidad, los adolescentes están más que nunca inmersos en su propio mundo, el cual -tal como se evidencia- se enriqueció y se diversificó en estos últimos años. A tal punto que hoy como profesionales nos interrogamos ¿en qué tiempo y en qué espacio, transitan los adolescentes hoy?

Por otro lado, en este momento “lo nuevo” des-ordena, conmueve y exige elaboración - a modo de juego, de un “como sí” –en este caso para experimentar las nuevas posibilidades que le brindan el cuerpo, la nueva imagen, y el nuevo rol social. Es un período de multiplicación de los riesgos, un tiempo de enfrentamiento con el mundo. El adolescente necesita experimentar su independencia, sentir sus límites ante la mirada de los padres. La confrontación consigo mismo y con los otros es una apuesta para probarse en la búsqueda de sí mismo. Si el joven se siente seguro, sentirá confianza hacia el mundo y por ende sentirá el gusto por vivir, se preserva de tener que poner en juego su existencia para saber si “la vida vale o no la pena de ser vivida” (Le Bretón, 2014).

En el trabajo cotidiano con los adolescentes, observamos que las consecuencias de este jugar – experimentar - como tarea propia de la adolescencia, no es tan simple en la actualidad. Los jóvenes señalan sufrimiento y desconexión social, por lo que la imposibilidad de explorar a través del juego, se convierte en una puesta en acto que se expresa en las múltiples problemáticas que transitan los adolescentes de hoy. En consecuencia, nos enfrentamos a conductas que se aproximan a “un juego con la muerte”, como el policonsumo de sustancias, las fugas, los cortes en el cuerpo, cuando no, los intentos de suicidios, entre otras problemáticas. Es aquí, frente a esta realidad, en la cual surgen interrogantes acerca de cómo los adolescentes - en esta modernidad líquida (Bauman,2000), en la sociedad del cansancio (Han, 2012) - logran construir subjetividades a partir de la vertiginosidad de los cambios, el desdibujamiento de las diferencias, la pérdida de los lazos sociales, las fallas en el logro de la autonomía y la individualidad acompañadas por una primacía de la masificación, entre otros aspectos. Lerner (2006) expresa que cuando se desvanecen las certidumbres, los jóvenes buscan ampararse en “lo que sea” para llegar a alcanzar su identidad.

Ante este escenario, es fundamental re – pensar los modos de aproximarnos a los adolescentes en nuestro trabajo cotidiano. En este sentido implica acompañarlos atendiendo a la multiplicidad de “adolescencias” que se derivan de las particularidades que se plantean desde el contexto socio-cultural. Para ello se torna necesario observar la realidad en la cual se desarrollan, conocerlos desde su propia experiencia - lo que implica para ellos “su propia adolescencia” - esto es, “dar voz y voto” a los jóvenes. En última instancia, descubrir sus propias adolescencias, desterrando mitos y prejuicios y no verlos de antemano como “problemas”.

Por otro lado, sería deseable que nuestro acompañamiento contemple la creación de espacios solidarios a partir de la conformación de redes como modos de trabajo compartidos dentro y fuera de los diferentes ámbitos (club, parroquia, escuela, etc.) en la que se mueven. Esto implica disminuir distancias, construir proximidad desde nuestro deseo de querer ayudarlos y capacitarlos para que puedan solucionar ellos mismos los riesgos que deben enfrentar cotidianamente. Esta tarea nos desafía a dejar de considerar a los adolescentes “sujetos de riesgos” para pasar a considerarlos “sujetos en riesgos”, responsables y con capacidad para poder gestionar estrategias que los conduzcan a construir sus propios límites. Nunca como en el presente cobran relevancia las palabras de Winnicott (1971), psicoanalista dedicado en Londres al cuidado de niños y adolescentes luego dela posguerra: resulta estimulante que la adolescencia se haga oír y que se haya vuelto activa, pero para que esto sea posible, es necesario que el adolescente confronte con un adulto. Hacen falta adultos para que los adolescentes tengan vida y vivacidad…. Donde existe el desafío de un joven en crecimiento, que haya un adulto para encararlo, y no es obligatorio que ello resulte agradable.

Bibliografía

- Bauman, Z. (2000) Modernidad Líquida. Buenos Aires: Edit. Fondo de cultura económica.

- Fize, M. (2007) Los adolescentes. México: Fondo de Cultura Económica.

- Han, B. C. (2012). La Sociedad de cansancio. Barcelona: Herder.

- Le Bretón, D. (2011) Conductas de riesgo. De los juegos de la muerte a los juegos de vivir. Buenos Aires: Topia.

- Lerner (2006) Adolescencia, Trauma, identidad. Pp.27- 50 En M.C. Rother Hornstein (comp) Adolescencias: Trayectorias turbulentas. Buenos Aires: Paidós.

- Winnicott, D. W. (1971) Muerte y asesinato en el proceso adolescente. En D.W. Winnicott Realidad y Juego Buenos Aires: Gedisa

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