images 7Eduardo Casas

El Sínodo que ya estamos caminando como Arquidiócesis ha tenido un primer y profundo acto de escucha en la participación del Pueblo de Dios en sus consultas. Esta ocasión nos ayuda a desentrañar algunos elementos de la “espiritualidad de la escucha”.

A menudo creemos que por el hecho de oír ya escuchamos. En verdad son funciones distintas. En la actualidad vivimos en un mundo que padece de sordera espiritual. Ya casi nadie escucha.

Aprender a escuchar forma parte del crecimiento psicológico y espiritual. No todos sabemos escuchar. Se necesitan muchas capacidades más aparte de oír para poder escuchar. Es preciso correr el propio ego y hacer lugar interior al otro para recibirlo y escucharlo.

Una verdadera escucha no es sólo una actitud puede ser también un inapreciable servicio. Una de las actitudes más importantes y difíciles en toda comunicación es saber escuchar. La falta de comunicación que se sufre hoy día se debe, en gran medida, a que no se sabe escuchar. Ya casi nadie escucha gratuitamente. No se tiene tiempo para escuchar.

Existe la creencia errónea de que se escucha de forma automática y naturalmente. Sin embargo, no es así. Escuchar no es simplemente una habilidad social y comunicativa. Es una actitud humana y espiritual que se realiza de forma voluntaria y requiere una disposición, un ejercicio y un esfuerzo.

Muchas veces no se escucha y no se interpreta lo que se oye ya que cada uno lo hace desde su posicionamiento. Uno escucha con todo lo que uno es, con todo lo vivido, con todas las posibilidades y las limitaciones. Se escucha con todo el ser y con toda la biografía. A partir de la vida, de la historia y de las experiencias que cada uno tiene. Ésa es la base de la interpretación. Lo que somos y cómo somos, lo que hemos vivido y sufrido y cómo lo hemos elaborado. No hay nada indiferente que no incida en nuestra manera de escuchar e interpretar. En el ser humano, como ser inteligente, escuchar es siempre interpretar.

La escucha no puede ser pasiva, meramente porque se tiene oídos sino que debe ser activa lo cual significa recibir y entender la comunicación desde el punto de vista del que habla y no desde nosotros.

En primer lugar hay que establecer una diferencia entre oír y escuchar. El oír es simplemente percibir vibraciones de sonido. Escuchar es entender, comprender, dar sentido, interpretar y devolver lo que se oye.

Oír es un acto físico; escuchar, en cambio, es un acto espiritual. Oír es una actitud pasiva ya que se reciben consciente e inconscientemente los sonidos y ruidos de alrededor. Ahora mismo estamos oyendo muchos sonidos de alrededor a los cuales no les prestamos prioridad. Escuchar, en cambio, es una actitud activa ya que se requiere una especial atención para poder recibir. Los animales oyen porque tienen oídos. Sólo los seres humanos pueden transformar el oír en escuchar ya que éste es un acto espiritual. Se oye con los oídos. Se escucha con el alma, con el interior, con la inteligencia. Quienes tienen atrofiada la capacidad espiritual, tienen dificultades para escuchar. Ciertamente así como la sordera física se puede ayudar a mitigar, de la misma manera, la sordera espiritual se puede tratar. Se rehabilita la capacidad de la escucha interior cuando nos despertamos a la conciencia y a la sensibilidad de lo quieren decirnos los demás y la vida.

La escucha activa y efectiva no sólo se centra en lo que el otro nos está expresando directamente con sus palabras sino también en sus sentimientos, ideas o pensamientos que subyacen en lo que nos está diciendo. Para escuchar de esa manera es preciso cierta empatía, ponerse en el lugar de la otra persona, ejercitarse en la disposición psicológica para atender y observar al otro, tanto en su comunicación verbal como en la no verbal (el contacto visual, los gestos, las expresiones, la vestimenta, etc.) Es preciso percibir activamente las emociones del otro, entender sus motivos. Escuchar no sólo las palabras sino también los silencios, los sentimientos y las emociones.

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