Fuente: La Voz del Interior, 23 de febrero de 2020 – Ver artículo original
Sostiene que la escuela debe ayudar a generar competencias para la vida y que no tiene que ser divertida, sino interesante. Y que hacerse preguntas es clave en el desarrollo intelectual.
“Nuestros alumnos están siendo idiotizados por un par de preguntas a las que se enfrentan decenas de veces al día en sus celulares, en las redes, y que les plantean una opción elemental, empobrecedora: ‘¿Te gusta?’ o ‘¿No te gusta?’. Y a esto se reduce toda cuestión. Hay que ayudar a nuestros muchachos y chicas a salir de esta inercia intelectual en la que viven, alargando la adolescencia más allá de los años de esa etapa vital. Se está generando una capa de disconformes que saben lo que nos les gusta, pero que no pueden proponer una planificada salida hacia lo que les gusta. Están disconformes, indignados, pero son escasamente proponentes”.
El párrafo corresponde al reconocido académico entrerriano Pedro Luis Barcia (80) en su flamante libro El método del caso (Ediciones SM), donde reflexiona y comparte orientaciones y propuestas para el primario y secundario con la mirada puesta en el aprendizaje para la vida. Entre otras cosas, allí se insiste en que se debe enseñar a preguntar antes que a responder porque –remarca– hacerse preguntas es fundamental para desarrollar el intelecto.
En diálogo con La Voz, Barcia –también doctor en Letras, lingüista, lexicógrafo, exinvestigador del Conicet, expresidente de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Nacional de Educación, prolífico escritor y un largo etcétera– opinó que a la escuela le está faltando realismo y que su función primordial es contribuir a que los niños y jóvenes desarrollen competencias para la vida.
Subrayó, además, que la escuela no tiene que ser divertida, sino interesante, y que la lucha frente a la decaída realidad educativa hay que darla en el aula.
–¿Por qué escribe “El método del caso”? ¿Cuál es la necesidad que advierte en relación con los métodos o con las estrategias pedagógicas vigentes en la escuela?
–A las personas de a pie, que no tenemos mando pedagógico sobre la decaída realidad educativa del país, nos queda la lucha en el único espacio donde se da la realidad del acto educativo: el aula. Hay que comenzar por ella. Por eso abandoné los vastos paneos sobre nuestra situación y los planteos generales, y eché pie a tierra aular (los ministros hablan de “áulico”, que es un grecismo que significa “palaciego, cortesano”. Nada más lejos del aula democrática a la que aspiramos. Aula es latinismo, y puede generar el correcto adjetivo “aular”, aclara). El aula es la Madre Gea para el Anteo que es el docente (chúpese esa mandarinita mitológica): cuando la pisa, se fortalece. Hace un par de años publiqué La comprensión lectora, con siete cuadernillos de ejercicios. Ahora, El método del caso; mañana: El aula invertida. Obras destinadas a dinamizar el trabajo en el aula y a hacerlo participativo, activo y complementario. Estos procedimientos mejoran el clima de aula, en el que estamos calificados, en la medición de Pisa (forma de colonialismo estadístico, aunque útil) de 2012, en el puesto 65, a la cola de todos. Nunca se comenta esta situación clave. Si usted tiene mal clima de aula, ¿cómo va a desarrollar su tarea educativa con eficacia?
–¿Es posible que estas estrategias que buscan otras formas de vincularse con el conocimiento generen el interés de alumnos tecnológicos del siglo 21?
–Si usted los pone frente a la vida, cifrada en un caso que lo apela (bullying, droga, violencia de boliche, tribus urbanas), es imán natural para el alumno. El caso es una tajada de vida propuesta para despanzurrarla analíticamente en clase, repensar sobre ella, sacar conclusiones y generar recaudos para la propia experiencia.
–¿A qué se refiere cuando habla de aprendizaje para la vida y por qué es oportuno recordarlo en estos tiempos?
–Hoy hay conflicto entre dos tipos de competencias: laborales y vitales. Educar para competencias laborales en un mundo vertiginosamente cambiante, donde los alumnos ocuparán labores que aún no han sido inventadas, es necio, por decirlo con fineza. En cambio, desarrollar competencias para la vida, ellas son siempre actualizables como “apepés”. La app mayor que la educación debe estimular en el hombre es la capacidad de adaptarse con creatividad a los contextos cambiantes en que lo mete la vida. Frente al contexto o ambiente –“el ambiente es el mayor lavado de cerebro”, dice Mc Luhan–, la educación lo ayuda a desambientarse, para mirarse desde fuera de la ecosfera en que está inserto, y luego actuar en consecuencia. Hay dos maneras de reaccionar: como el camaleón, y los políticos presidenciables; o como la nutria, que trabaja para modificar el contexto, como hábil ingeniero, para mejor operar en él.
–¿Cuándo es posible decir que un alumno aprende realmente? ¿Lo pueden medir las pruebas de evaluación estandarizadas?
–La escuela no tiene por qué ser divertida, para eso está la joda del recreo. Debe ser interesante. El interés es la inclinación del ánimo hacia un objeto, y despierta la atención que es la potencia más vulnerada en nuestros muchachos. Sin atención no hay aprendizaje, ni investigación científica, ni asistencia inclusiva al prójimo. Las pruebas estandarizadas miden resultados, productividad, no procesos. Pisa es instrumento de Ocde, que es una entidad de base económica, que procura, por ciencia y tecnología, aumentar la productividad de la persona, hacerla eficiente en lo que su trabajo produce. No busca la formación integral de la persona para la vida, que ha sido la definición de la educación desde Platón hasta Zygmunt Bauman.
–A su criterio, ¿en qué está fallando la escuela a la hora de enseñar?
–Le está faltando realismo. Hay que meter la vida en la escuela, y hacer de la clase un simulador de vuelo vital. Segundo: todo paso que dé usted frente a la cachorrada debe cargarlo de sentido, y subrayar ese sentido en cada cosa que se dice o se hace. El hombre es un animal semántico y necesita de sentido como de oxígeno. Y, junto con ello, esclarecer los valores que están en cada gesto, acto o persona imitables por su virtud. Tercero: robustecer en el nivel inicial (sólo el 30% de las escuelas lo tiene, enorme carencia) el desarrollo pleno de los actitudinales que deben enseñarse en el seno familiar: el prestar atención, el cumplir ciertas reglas, el respetar lo ajeno, el ordenar lo suyo, el pedir perdón y permiso, el dar gracias, todas normas que basan la convivencia humana.
–Usted sostiene en su libro que la pregunta es clave en el desarrollo intelectual. ¿Nos están faltando más preguntas en educación?
–La pregunta es la herramienta fundamental del conocimiento. Hay que enseñar a preguntar, antes que a responder. La pregunta horada la costra de la realidad ósea y penetra en el tuétano del caracú. Es aperitiva, como la llave. La desarrolla inicial con el preguntón natural que es el gurí (chango dicen allí); la silencia la escuela primaria, y la destierra la secundaria. Hacemos de los alumnos máquinas de responder. Esa es la triste historia de la pregunta.
La app mayor que la educación debe estimular es la capacidad de adaptarse.
El caso es una tajada de vida propuesta para despanzurrarla analíticamente en clase.